26 Jun La infancia también cuenta cuando hablamos de alcohol adolescente
En España, el alcohol está tan presente en la vida cotidiana que muchas veces cuesta verlo como una droga. Está en celebraciones, comidas, fiestas populares y salidas con amigos. Según las encuestas nacionales del Ministerio de Sanidad, el 76,5 % de la población española de 15 a 64 años había bebido alcohol en el último año.
Entre adolescentes, los datos muestran que el 73,9 % de los estudiantes de 14 a 18 años lo había probado alguna vez y que el 51,8 % lo había consumido en los últimos 30 días. Además, la edad media de inicio en esta población es de 13,9 años, una cifra que recuerda que el primer contacto con el alcohol ocurre muy temprano, en plena adolescencia.
Una huella no siempre visible
Estos datos nos deberían recordar que el alcohol no es solo una costumbre social, es una sustancia psicoactiva capaz de modificar el cerebro y la forma en que respondemos al entorno. Esto es especialmente importante cuando el consumo aparece durante la adolescencia, una etapa en la que todavía maduran regiones como la corteza prefrontal medial, implicada en la toma de decisiones, el control de impulsos y la regulación emocional.
Pero hay algo más, no todos los cerebros llegan a la adolescencia en las mismas condiciones. Las experiencias tempranas, especialmente aquellas relacionadas con estrés, adversidad, negligencia o trauma infantil, pueden dejar una huella que perdura a lo largo de la vida. No obstante, esa huella no siempre es visible, pero puede influir en la forma en que una persona responde al estrés, regula sus emociones o se adapta a nuevos desafíos.
Estudiando el efecto del alcohol en el cerebro adolescente
Esta es la idea que hemos explorado en un estudio realizado en ratas macho y hembra realizado por el Laboratorio de Neuropsicofarmacología del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga (IBIMA Plataforma BIONAND). Para ello, utilizamos un modelo de estrés temprano conocido como deprivación materna, que consiste en separar a las crías de su madre durante una etapa clave del desarrollo, reproduciendo un tipo de adversidad temprana.
Más adelante, cuando los animales llegaron a la adolescencia, algunos fueron expuestos al alcohol. A partir de ahí, quisimos observar no solo cómo se comportaban ante situaciones relacionadas con el estrés y la ansiedad, sino también qué estaba ocurriendo en su organismo.
Por eso medimos hormonas vinculadas al estrés y analizamos moléculas que funcionan como mensajeros químicos entre el cuerpo y el cerebro. También estudiamos la corteza prefrontal medial, una región clave para regular las emociones, tomar decisiones y controlar la respuesta ante situaciones difíciles.
Al mirar todos estos niveles en conjunto, apareció una idea clara: el estrés temprano no dejaba la misma huella en machos y hembras. Cuando los animales se enfrentaron a una situación estresante, los machos que habían vivido deprivación materna pasaron más tiempo intentando hacer frente a la situación. En las hembras ocurrió lo contrario, ya que mostraron menos intentos activos de responder ante ese mismo estrés.
Los efectos tras experiencias adversas en la infancia
Lo interesante es que esa huella temprana no se quedó en el pasado. Cuando los animales fueron expuestos al alcohol durante la adolescencia, algunas diferencias se hicieron más evidentes. El alcohol no pareció actuar sobre un organismo “en blanco”, sino sobre sistemas que ya habían sido modificados por la experiencia temprana.
De hecho, en nuestro estudio, la exposición al alcohol durante la adolescencia se relacionó con un aumento de corticosterona, una hormona implicada en la respuesta al estrés que en roedores cumple una función similar a la del cortisol en humanos. Además, las hembras que habían vivido de privación materna mostraron niveles más altos de alcohol en sangre que las hembras que no habían pasado por esa experiencia temprana.
Esto sugiere que una experiencia adversa temprana podría influir no solo en cómo el organismo responde al estrés, sino también en cómo procesa o responde al alcohol, y que este efecto puede depender del sexo.
Moódelo de “dos golpes”
Esta idea se conoce como modelo de “dos golpes”: una primera adversidad puede aumentar la sensibilidad del organismo, y una segunda experiencia, como el alcohol en la adolescencia, puede revelar o amplificar esa vulnerabilidad.
Además de observar la conducta, quisimos mirar qué estaba ocurriendo “por dentro”. Analizamos moléculas relacionadas con el sistema endocannabinoide y con otra vía llamada LPA. Aunque sus nombres suenen técnicos, podemos entenderlas como parte de los sistemas de comunicación química que ayudan al cuerpo y al cerebro a regular el estrés, las emociones, el metabolismo y la adaptación al entorno.
Estas señales también cambiaron tras la deprivación materna y la exposición al alcohol durante la adolescencia. Es decir, las diferencias no solo aparecían en la forma en que los animales respondían ante una situación estresante, sino también en algunos mecanismos biológicos que ayudan al cerebro a interpretar y manejar ese estrés. Además, estos cambios tampoco fueron iguales en machos y hembras.
Las capas de la vulnerabilidad
Estos resultados nos recuerdan que el estrés no tiene un único efecto universal. Una misma experiencia adversa puede dejar huellas distintas según el sexo y el contexto biológico de cada organismo.
No obstante, tampoco significa que una infancia difícil condene a una persona a tener problemas con el alcohol. Más bien, nos ayuda a entender que la vulnerabilidad se construye a partir de muchas capas: la historia temprana, el momento en que aparece el consumo, la biología del estrés, el sexo y también el entorno.
En un contexto como el español, donde el alcohol sigue estando muy normalizado, estos resultados invitan a mirar más allá de la sustancia. No todos los adolescentes llegan al consumo con la misma historia biológica y emocional. Algunos pueden traer consigo huellas tempranas de estrés que modifican su forma de responder al entorno.
Comprender esas diferencias puede ayudarnos a diseñar estrategias de prevención más sensibles y menos simplistas, especialmente para quienes han vivido situaciones de adversidad temprana.
Imagen: Banco de imágenes de Canva
Referencias:
Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. (2024). Encuesta sobre alcohol y otras drogas en España (EDADES), 1995–2024. Ministerio de Sanidad. https://www.observatoriodelainfancia.es/oia/esp/documentos_ficha.aspx?id=8779
Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones. (2025). Consumo de alcohol: Estudiantes de 14 a 18 años en España, año 2025 [Infografía]. Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, Ministerio de Sanidad. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/ESTUDES_2025_Infografia_alcohol.pdf
Kalinichev, M., & Francis, D. (2010). Maternal deprivation. In G. F. Koob, M. Le Moal, & R. F. Thompson (Eds.), Encyclopedia of behavioral neuroscience (pp. 173–177). Academic Press. https://doi.org/10.1016/B978-0-08-045396-5.00017-8
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Profesora e investigadora postdoctoral en la Universidad de Málaga, con un enfoque especial en las neurociencias, específicamente en trastornos psiquiátricos como adicción, depresión y ansiedad. Apasionada por la divulgación científica y autora de Divulgotopia en Instagram.
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