¿Por qué un día de la mujer y la niña en ciencia?

Por Silvana Teresa Tapia Paniagua y Rocío Bautista Moreno

Dada la desigual presencia de las mujeres en muchos ámbitos científicos, el día 11 de febrero se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Esta celebración fue aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas con el objetivo de lograr una plena participación, igualitaria y equitativa, de las mujeres y las niñas en la ciencia y la tecnología. Pero podríamos preguntarnos, ¿Por qué un Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia?

Un problema de sesgo

A lo largo de la historia las mujeres hemos tenido serias dificultades para incorporarnos de forma plena en distintos ámbitos de la vida como han sido: el académico, el cultural, el científico o el empresarial. Estas dificultades subyacen en la percepción que se tenía del rol de la mujer en ciertas épocas.

Según Rosa Ballester, en su monográfico [1], se habla de la existencia de tres grandes modelos que abordan la percepción de la mujer en las distintas épocas. El primero de ellos, conocido como el “Modelo de la Inferioridad”, estuvo vigente desde el siglo V a. C. hasta el periodo Renacentista (S. XV). En él se muestra a la mujer como un ser frío, biológicamente inferior al varón debido a la influencia del útero en todo el organismo. Según esta teoría, esa inferioridad biológica justificaba que en la mujer predominara el instinto y no el raciocinio. A esto, se le añade la connotación negativa de pecadora, que justificaría la subordinación al hombre. Sin embargo, este hecho no era igual en todas las civilizaciones y culturas, destacando por ejemplo el caso de la civilización minoica, entre otras, donde las mujeres ocupaban cargos de responsabilidad.

En el periodo ilustrado, según [1] se puede hablar de la existencia del “Modelo de la Diferencia”, en el que la naturaleza femenina empieza a resultar de interés, cambiando el concepto de inferioridad por el de complementariedad. La mujer complementa la inteligencia del hombre, y además está dotada de sensibilidad y belleza. Sin embargo, esta visión de una mujer como persona débil y sensible la seguiría incapacitando para cualquier actividad pública y profesional. Además, esa debilidad justifica la necesidad de protección dentro del matrimonio dedicada a la maternidad.

El último modelo es conocido como “Modelo de Ciencia positiva”, que abarca del siglo XIX a principios del siglo XX. Los avances científicos junto con la aceptación de la teoría de Darwin, de la evolución de las especies, va desvaneciendo la idea mantenida de una naturaleza femenina inmutable. Además, surgieron nuevas especialidades médicas, como la ginecología, mejorando la calidad de vida y de salud de las mujeres. Se desvanecía entonces el pensamiento de debilidad cuando se estudiaron y trataron enfermedades vinculadas al parto y puerperio. Así mismo afloraron estudios que invalidaban las teorías de un cerebro diferente, en masa y tamaño, y que eso afectaba a las capacidades racionales. La psiquiatría invalidó la histeria como un trastorno típico y únicamente femenino. Sin embargo, no fueron escasas las numerosas teorías pseudocientíficas, pensamientos y discursos que intentaron abrirse paso con justificaciones de lo más inverosímiles como el famoso el tratado “La inferioridad mental de la Mujer” publicado por PJ. Moebius en 1900 [2], en el que se afirmaba que la actividad racional en las mujeres mermaba su capacidad reproductiva. Es evidente que esta percepción, sobre la capacidad de la mujer, está actualmente desechada, y la brecha de género ha ido disminuyendo gracias al esfuerzo y la lucha de nuestra sociedad por nuestros derechos.

Hoy, desde el punto de vista académico, y según ‘El Informe Científico de la UNESCO: hacía el 2030’ [3], las mujeres representan el 53 % del alumnado, evidentemente el acceso a la educación (en países desarrollados) no se discute. Sin embargo, si ahondamos en la evolución de la carrera académica e investigadora en el ámbito científico y tecnológico – las STEM, ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas – esta paridad se distorsiona de forma significativa. En nuestro país esas diferencias se ven bien reflejadas en los datos del ‘Informe del año de Mujeres Investigadoras’ realizado de forma anual por la comisión de Mujeres y Ciencia del CSIC, donde se recogen los resultados de la presencia de las mujeres en distintos ámbitos dentro de Consejo Superior de Investigaciones Científicas [4].

Según este informe, aún existiendo una paridad plena en la etapa de formación (predoctoral), esta se ve significativamente mermada a medida que avanzamos en la carrera investigadora. La brecha de género en la primera etapa, la etapa postdoctoral, se sitúan en los 8,2 puntos porcentuales; sin embargo, esta diferencia aumenta enormemente cuando ascendemos en puestos de responsabilidad, situándose en los 47 puntos porcentuales a nivel del profesorado de investigación. Es evidente que existe una menor representación de la mujer en puestos de liderazgo y, en consecuencia, en la presencia en puestos de responsabilidad. Esta tendencia es lo que se denomina gráfica de tijeras (figura 1).


Figura 1:
Distribución del porcentaje de hombres y mujeres a lo largo de la carrera investigadora. Datos recogidos en CMyC CSIC 2020.

Esta desigualdad de género tan acuciante nos muestra un techo de cristal donde las mujeres ven frenadas sus carreras científicas por una serie de obstáculos que son invisibles a ojos de muchas personas.

En las últimas dos décadas esta brecha de género ha ido disminuyendo a un ritmo lento, tan lento que prácticamente es residual. Incluso con los planes de discriminación positiva, los planes de conciliación o las campañas de motivación, de forma global, la presencia de mujeres en el campo de la carrera investigadora ha pasado del 31 % en el año 2001, al 36 % en el año 2019 (figura 2).

Figura 2.
Evolución de la carrera investigadora en el CSIC. Datos recogidos en CMyC CSIC 2020.

Un ascenso tan paupérrimo nos indica que las herramientas utilizadas no solo deben incidir en el ámbito académico o investigador, sino que deben profundizar en la percepción social que se tiene del rol de la mujer en la sociedad.

Estas diferencias de género se ven también reflejadas en las publicaciones científicas. En este sentido, la Universidad de Princeton ha realizado un estudio basado en las diferencias de género en las publicaciones científicas en función al número final de autores masculinos y femeninos, ofreciendo una forma rigurosa de cuantificar la desigualdad de género en publicaciones y citas en las STEM [5]. Sus resultados han mostrado que, paradójicamente, el aumento gradual de la incorporación de las mujeres a las disciplinas STEM en las últimas décadas ha venido también acompañado de un aumento de la disparidad de género en relación a la productividad e impacto de sus publicaciones (figura 3).

Figura 3.
Evolución temporal del número de publicaciones científicas en función al género. Datos recogidos de [5].

Los autores de este informe proponen que la brecha de género observada puede deberse a un abandono temporal o total de la carrera académica o investigadora por parte de las mujeres. Así, aunque los programas de investigación científica sean equivalentes, evidentemente existe una serie de barreras sistémicas que impiden a las mujeres su progreso. Por otro lado, estas dificultades ponen de manifiesto que focalizar los recursos en motivar a mujeres a realizar disciplinas STEM, o motivar a jóvenes investigadoras, no es suficiente si el resultado final es el abandono prematuro de la carrera académica por desigualdades sistémicas. Además, este abandono genera una sobrerrepresentación de mentores masculinos perpetuando el ciclo de menor representación de mujeres en puestos de responsabilidad en el mundo académico.

Un problema de percepción

El bajo porcentaje de la presencia de mujeres en disciplinas STEM también se observa en el ámbito educativo. Las etapas obligatorias de la educación y el bachillerato son críticas a la hora de promover vocaciones científicas. En estas etapas de la educación la opinión de sus compañeros y compañeras puede alterar la elección final de las mujeres por el ámbito de las STEM.

De un estudio realizado por la Universidad Estatal de Colorado [6] se deduce que, aunque las mujeres están superando en notas finales a los hombres en Ciencias Físicas y Ciencias Vida, estos continúan siendo percibidos como iguales o mejores estudiantes. En este sentido, este estudio demuestra que las mujeres presentan notas finales más altas, si es necesario buscan ayuda más habitualmente, también adquieren mayor cantidad de conocimiento y en su conjunto son mejores estudiantes. Sin embargo, aunque los parámetros objetivos marcan una clara tendencia, sus compañeros de clase, hombres y mujeres, las seguían percibiendo a ellas como menos capaces, lo que demuestra un grado de infravaloración innato. Este proceso de infravaloración se ve mucho más marcado en el ámbito de las Ciencias Físicas en comparación con las Ciencias de la Vida (figura 4).

Figura 4:
Distribución de la valoración (entre 0 y 1) de estudiantes en función de distintos valores en Ciencias de la Vida y en Ciencias Físicas. Datos recogidos de [6].

Estos resultados demuestran un persistente sesgo de género en las aulas STEM de los primeros ciclos educativos no obligatorios que, evidentemente, puede quedar incorporado en la percepción final del propio rendimiento de las mujeres, viéndose incapaces para ciertas disciplinas. Se está invirtiendo mucho tiempo en revertir esta percepción de menor capacidad. Así, un análisis reciente ha determinado que los trabajos colaborativos, dentro del ámbito de las STEM, entre hombres y mujeres aumentan el rendimiento de los estudiantes, sobre todo entre las mujeres [7], aunque este aumento del rendimiento no es suficiente para disminuir la brecha de género observada, es evidente que en esta subyacen otros factores y que la solución no es única.

Sorprende observar como, aún con datos cuantificables, el estereotipo de menor capacidad de las mujeres continúa siendo un hándicap entre las estudiantes. En muchas ocasiones se justifica el aumento del rendimiento académico de las mujeres en las ciencias y tecnología afirmando que “el alumnado masculino se han vuelto académicamente más perezoso y confiado, mientras que el alumnado femenino trabaja sobre los conceptos más arduamente” [6]. Esta afirmación refuerza la percepción de que los hombres tienen una capacidad innata para las disciplinas científico y técnicas en contraposición a sus compañeras mujeres, las cuales deben dedicar un mayor esfuerzo al estudio [8].

La clave: crear referentes

Una de las claves para promover a las mujeres dentro de las disciplinas científicas y tecnológicas es la presencia de referentes donde verse reflejadas. En este sentido, son muchas las iniciativas que se han desarrollado para despertar vocaciones científicas entre las alumnas, y gracias a estas iniciativas, hoy el alumnado de la educación obligatoria es capaz de reconocer a alguna de ellas.

Por ejemplo, las 12 mujeres a las que se le han otorgado los prestigiosos Premios Nobel en Fisiología o Medicina desde 1901.

Gerty Theresa Cori (1947) por el descubrimiento del ciclo de Cori (implicado en el metabolismo de los glúcidos).

Rosalyn Sussman Yalow (1977) por sus progresos en el conocimiento y uso de radioisótopos en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades.

Barbara McClintock (1983) descubrió el proceso de transposición de elementos del genoma.

Rita Levi Montalcini (1986) por sus descubrimientos acerca de los factores de crecimiento.

Gertrude B. Ellion (1988) descubrimientos de los principios clave sobre el desarrollo de medicamentos para tratar la leucemia y otras enfermedades.

Christiane Nusslein Volhard (1995) por sus estudios sobre los mecanismos genéticos que controlan el desarrollo del embrión humano.

Linda B. Buck (2004) por el descubrimiento de los receptores odorantes y la organización del sistema olfativo.

Francoise Barre Sinoussi (2008) por el descubrimiento del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

Elizabeth Blackburn y Carol W Greider (2009) fueron las primeras mujeres en compartir un premio Nobel y lo hicieron por descubrir la enzima telomerasa y la descripción a nivel molecular de los telómeros.

May Britt Moser (2014) por sus descubrimientos de células que constituyen un sistema de posicionamiento en el cerebro.

Tu Youyou (2015) por su descubrimiento de la artemisinina utilizada para tratar la malaria.

Es evidente que aún queda mucho camino por recorrer para alcanzar una igualdad plena dentro del ámbito de las STEM. La solución para disminuir la brecha de género existente no es única, se debe abordar el problema a diferentes niveles: social, educativo y laboral. La vigencia del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia está más que justificada.

Referencias:

[1] Fuente. Rosa Ballester. Feminismo/s, 10, diciembre 2007, pp. 133-144

[2] P.J.Moebius en su famoso tratado La inferioridad mental de la mujer (1900),

[3] UNESCO, Schlegel F, editors. UNESCO science report: towards 2030. Paris: UNESCO Publ; 2015. 794 p. (UNESCO science report).

[4] Informe Mujeres Investigadoras CSIC 2020.

https://www.csic.es/sites/default/files/informe_mujeres_investigadoras-2020.pdf

[5] Junming Huang, Alexander J. Gates, Roberta Sinatra, Albert-László Barabási. Historical comparison of gender inequality in scientific careers across countries and disciplines (2020). Proceedings of the National Academy of Sciences, 117 (9) 4609-4616; DOI: 10.1073/pnas.1914221117.

[6] Bloodhart B, Balgopal MM, Casper AMA, Sample McMeeking LB, Fischer EV (2020) Outperforming yet undervalued: Undergraduate women in STEM. PLoS ONE 15(6): e0234685. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0234685

[7] Freeman S., Eddy S. L., McDonough M., Smith M. K., Okoroafor N., Jordt H., et al. (2014). Active learning increases student performance in science, engineering, and mathematics. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(23), 8410–8415.

[8] Swim J. K., & Sanna L. J. (1996). He’s Skilled, She’s Lucky: A Meta-Analysis of Observers’ Attributions for Women’s and Men’s Successes and Failures. Personality and Social Psychology Bulletin, 22(5), 507-519.https://doi.org/10.1177/0146167296225008

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