La influencia del grupo

Siempre que surge el debate sobre el libre albedrío, a mí me gusta recordar estos estudios sobre la influencia grupal. La gente se empeña en proclamar a diestro y siniestro lo libres que son a la hora de decir una opinión, de tomar una decisión, que nadie les obliga a comprar determinado producto, que nadie les “dice” lo que tienen que decir, que ellos son completamente racionales, objetivos, y nada viscerales. Pero amigos, todo eso, como diría Einstein, es “tan sólo una ilusión”.

 

Entre los años 30 y 70, una serie de eminentes psicólogos sociales realizaron distintos  experimentos que trataron de dilucidar como era la relación individuo-grupo y cómo afectaba al individuo el pertenecer o no pertenecer a un grupo. De esos experimentos salieron una serie de resultados, que aunque llamativos e inesperados para el egocéntrico ser humano general, eran totalmente comprensibles por la comunidad científica.

Aquí os paso a relatar los célebres estudios y sus brillantes protagonistas:

–       La creación de las normas grupales. Sherif (1936)

Muzafer Sherif fue un psicólogo social nacido en Turquía, aunque estudió parte de su carrera en Harvard y Columbia. Los trabajos de Sherif demostraron que la interacción dentro de los grupos tiende a crear normas y que dichas normas influyen posteriormente sobre los individuos. Para demostrar esto, Sherif se basó en una ilusión perceptiva denominada “efecto autocinético”, que consiste en que, en un entorno de oscuridad, existe la tendencia a percibir que el punto luminoso se mueve aunque dicho punto permanece totalmente inmóvil. El experimento llevado a cabo por Sherif radicó en pedirle a un participante que se encuentra solo en la habitación, que indique la amplitud de desplazamiento del punto luminoso. Al realizar el mismo ensayo a varias personas por separado, cada una establecía una norma individual sobre la que realizaban las estimaciones. Sin embargo, al poner a varias personas juntas, aunque cada una tuviese una norma individual diferente, se observó un efecto de convergencia en las opiniones sobre la amplitud del movimiento. ¿Qué quiere decir esto? Pues que ante una situación de ambigüedad perceptiva –recordemos que el punto no se mueve, es una ilusión, y por lo tanto, es confuso- la persona tiene en cuenta la opinión de los otros, y al final se establece una especie de consenso entre las observaciones de todos los participantes, lo que constituye la norma grupal. Pero aquí no acaba todo, posteriormente, se volvió a poner a las personas por separado, solas, en la habitación a oscuras con el punto luminoso, y al preguntarle por el movimiento del punto, la persona contestaba en esta ocasión la estimación que previamente había dicho con el grupo, no la que dijo al principio cuando estaba sola. Conclusión: se había producido la interiorización de la norma grupal, es decir, da igual lo que opinemos cuando estamos solos, en cuanto pasamos a formar parte  de –o interactuamos con- un grupo, nuestra opinión pasa a ser la grupal.

–        La tendencia al conformismo. Asch (1951) 

Solomon Asch fue un psicólogo estadounidense nacido en Varsovia mundialmente conocido debido precisamente a sus trabajos en psicología social. En este caso, los trabajos de Asch demuestran que la opinión de la mayoría, aunque esta sea errónea, influye significativamente en el individuo. Asch solicitaba a los participantes en su experimento que compararan la longitud de una línea patrón con otras tres líneas. De estas, una era idéntica a la línea patrón, y las otras dos claramente diferentes. En un principio, el participante hacía el experimento solo, y aquí no había prácticamente respuestas erróneas: todas las personas señalaban claramente las líneas similares. Sin embargo, por sorprendente que parezca, en la condición experimental en la que se contaba con ocho personas cómplices con el experimentador que daban respuestas erróneas, el participante se dejaba influir por la opinión de la mayoría, y el porcentaje de respuestas erróneas subía al 32%. Este resultado fue replicado numerosas ocasiones, con lo que está más que demostrado. Estos resultados obtenidos por Asch indican claramente que ante un grupo que se manifiesta unánimemente equivocado, la persona tiende a expresar una opinión que es conforme con la que tiene la mayoría, aunque esta sea errónea. Esto es debido a un instinto ancestral social que poseemos los seres humanos para protegernos de ser marginados, de ser diferentes, para que el grupo no nos excluya ¿Entendéis ahora cómo y porqué funciona la política?

–       El grupo como agente de cambio de actitudes. Newcomb (1952)

Theodore Newcomb fue un psicólogo social estadounidense interesado en las actitudes del individuo en el grupo. En concreto, el experimento que lo hizo famoso se basó en las actitudes sociopolíticas de un grupo de estudiantes de una Universidad privada estadounidense caracterizada por sus ideas liberales. Estas estudiantes (eran todas mujeres) provenían de familias de clase media alta con ideas fuertemente conservadoras, y como era de esperar, ellas también tenían estas ideas conservadoras. Veinte años más tarde, Newcomb y sus colaboradores localizaron a las participantes en el estudio y volvieron a analizar sus actitudes sociales. Los resultados mostraron que las personas que habían pasado más tiempo en la Universidad habían cambiado sus actitudes hacia posiciones más liberales. Es decir, que el factor educacional es crucial en la formación de actitudes sociales. El racismo, la homofobia, el machismo, la segregación, la discriminación, etc… no se heredan, se educan.

–       El grupo mínimo. Tajfel, Billig, Bundy y Flament (1971)

Este grupo de investigadores de la Universidad británica de Bristol y la francesa de Aix-Marsella, llevaron a cabo un experimento en el que pusieron de manifiesto que cuando las personas se consideran –se categorizan- como miembros de un grupo, aunque sea bajo criterios sin importancia y completamente absurdos, inmediatamente se produce un favoritismo endogrupal en sus actuaciones y opiniones –es decir, tratan de favorecer a los miembros de su grupo.

En este experimento los participantes eran estudiantes de enseñanza secundaria y debían realizar dos tareas: la primera era manifestar sus preferencias estéticas acerca de una serie de diapositivas de los pintores Klee y Kandinsky.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A partir de sus elecciones, los chicos eran clasificados en dos grupos. La segunda tarea consistía en asignar recompensas monetarias, mediante un cuadernillo, a una serie de sujetos anónimos con los cuales no existía contacto real y que estaban identificados tan sólo por su pertenencia grupal (Klee o Kandinsky). ¿Qué se encontraron los investigadores? Pues que los participantes mostraron favoritismo endogrupal tratando de beneficiar a los miembros de su grupo –es decir, los de Klee le daban más dinero a los sujetos anónimos que les gustaba Klee y lo mismo hacían los de Kandinsky. Diversas réplicas de este curioso experimento con firmaron los resultados obtenidos, con lo que se demuestra que incluso bajo condiciones absurdas de categorización –que te guste el mismo pintor que a mí- se produce ya una tendencia a favorecer a los que piensan igual que tú o pertenecen al mismo grupo que tú –paradigma del grupo mínimo. De esto se deduce que si además la pertenencia a un grupo es relevante para el sujeto, el sesgo será mucho más fuerte. ¿Entendéis ahora la locura del fanatismo político y futbolero? Si la gente ya favorece a los suyos por que le guste el mismo cuadro, imaginaros si encima le ofrecen un puesto de trabajo, más dinero, poder, etc… La ideología y el objetivismo están muertos, el ser humano es puro interés, incluso cuando ese interés es banal.

Julio Rodríguez

 

Referencias

Tajfel H, Billig M G, Bundy R P & Flament C. Social categorization and intergroup behaviour. Eur. J. Soc. Psychol. 1:149-77, 1971.

Introducción a la Psicología Social. Elena Gavira Stewart, Isabel Cuadrado Guirado, Mercedes López Sáez. Sanz y Torres. UNED

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