¿Qué ocurre cuando el alcohol y los antidepresivos se encuentran en el intestino?

Cuando hablamos de problemas relacionados con el alcohol, es fácil pensar únicamente en el consumo, cuánto se bebe, con qué frecuencia o durante cuánto tiempo. Sin embargo, la realidad clínica suele ser bastante más compleja. Muchas personas con un trastorno por consumo de alcohol presentan también otros problemas de salud mental, especialmente depresión y ansiedad. Es lo que conocemos como “patología dual”.

En España, los datos disponibles muestran que la patología dual es muy frecuente. Alrededor del 62 % de las personas atendidas en servicios de salud mental y adicciones presentan conjuntamente un trastorno por uso de sustancias y otro trastorno mental. En los centros especializados en drogodependencias, esta cifra puede alcanzar el 70 %.

Cuando hablamos específicamente de alcohol, la depresión y los trastornos de ansiedad se encuentran entre las comorbilidades psiquiátricas más frecuentes. Esto implica que abordar el trastorno por consumo de alcohol requiere también detectar y tratar los problemas de salud mental que puedan coexistir.

Por ello, en algunas personas el tratamiento antidepresivo puede coincidir con el consumo de alcohol. Precisamente de esta realidad surgió una de las preguntas que motivaron nuestro trabajo. ¿Qué ocurre en el organismo cuando el alcohol y un antidepresivo están presentes al mismo tiempo?

Una interacción que va más allá del cerebro

Para responder a esta pregunta podríamos pensar que basta con estudiar el cerebro. Sin embargo, tanto el alcohol como algunos antidepresivos pueden actuar también sobre un ecosistema mucho más inesperado, formado por los microorganismos que habitan nuestro intestino.

Esta comunidad, conocida como “microbiota intestinal”, participa en el metabolismo, la regulación del sistema inmunitario y el mantenimiento de la barrera intestinal. Además, intestino y cerebro mantienen una comunicación constante y bidireccional a través del denominado eje intestino-cerebro.

Precisamente por ello, desde el Laboratorio de Neuropsicofarmacología del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga (IBIMA Plataforma BIONAND) quisimos analizar qué ocurre cuando la exposición al alcohol coincide con el tratamiento con fluoxetina, un conocido antidepresivo. Los resultados de este trabajo han sido publicados recientemente en la revista Neuropharmacology.

Utilizamos un modelo preclínico en el que comparamos animales control con animales expuestos a alcohol, tratados con fluoxetina o expuestos a ambos. Analizamos la microbiota, la estructura del intestino y diferentes señales inmunitarias tanto en sangre como en el cerebro.

Una huella en la microbiota y el intestino

Encontramos que tanto el alcohol como la fluoxetina modificaban la microbiota intestinal, aunque de manera diferente. La combinación de ambos produjo las alteraciones más pronunciadas.

Entre estos cambios observamos la pérdida de varios grupos de bacterias capaces de producir ácidos grasos de cadena corta. Estas moléculas, generadas por determinadas bacterias intestinales, desempeñan funciones importantes, ya que contribuyen a mantener la barrera intestinal, regular la inflamación y favorecer la comunicación entre la microbiota y el sistema inmunitario.

La fluoxetina también produjo cambios por sí sola, aumentando uno de los indicadores de diversidad microbiana y modificando la abundancia de determinados géneros bacterianos. Es decir, un medicamento utilizado por sus efectos sobre el cerebro también puede producir cambios mucho más allá del sistema nervioso.

Pero las bacterias eran solo una parte de la historia. También quisimos observar directamente el tejido intestinal.

Su superficie está cubierta por pequeñas prolongaciones llamadas “vellosidades intestinales”, que aumentan el área disponible para absorber nutrientes. Allí encontramos también las células caliciformes, encargadas de producir el moco que protege el epitelio, y una red rica en colágeno, que proporciona soporte al tejido.

Al observar el intestino al microscopio vimos que el alcohol había dejado una huella visible. Las vellosidades eran más estrechas, aumentaba la densidad de células caliciformes y disminuía el contenido de colágeno.

El alcohol, por tanto, no solo modificaba los microorganismos presentes en el intestino. También estaba alterando la arquitectura del propio tejido intestinal, incluyendo elementos relacionados con su capacidad de absorción, protección y soporte.

Del intestino al cerebro

Después de mirar el intestino, volvimos al cerebro. Nos centramos en la amígdala y la corteza prefrontal medial, dos regiones que participan, entre otras funciones, en la regulación de las emociones y la respuesta al estrés. Allí estudiamos distintas señales relacionadas con el sistema de defensa del cerebro.

Lo interesante fue descubrir que el alcohol y la fluoxetina no producían los mismos cambios en todas las zonas cerebrales. La respuesta que encontramos en la amígdala era diferente de la observada en la corteza prefrontal.

Esto nos muestra que no podemos hablar simplemente de “más” o “menos” inflamación. Cada región del cerebro puede reaccionar de manera diferente al alcohol y a la fluoxetina, lo que refleja la complejidad de la comunicación entre el cerebro, el sistema inmunitario y el resto del organismo.

Volver a mirar al paciente como un todo

Como ocurre con cualquier investigación preclínica, estos resultados deben interpretarse con cautela. El estudio se realizó en animales y no significa que una persona que tome fluoxetina y consuma alcohol vaya a experimentar exactamente los mismos cambios. 

Sin embargo, el trabajo plantea preguntas con una clara relevancia. Si las personas con problemas de alcohol presentan con frecuencia depresión o ansiedad que también necesitan tratamiento, es importante comprender mejor qué ocurre cuando el alcohol y el tratamiento antidepresivo coinciden en un mismo organismo.

Nuestros resultados sugieren que quizá no sea suficiente con mirar únicamente al cerebro. La microbiota, la barrera intestinal y el sistema inmunitario también podrían formar parte de esta interacción. En el futuro será necesario investigar si estrategias dirigidas a la microbiota, mediante la alimentación, prebióticos o probióticos, podrían llegar a complementar los tratamientos convencionales.

Porque cuando hablamos de adicción y salud mental, entender mejor lo que ocurre en el cerebro quizá también requiera prestar atención a lo que sucede en el intestino.

Referencias

Arias F, et al. Estudio Madrid sobre prevalencia y características de los pacientes con patología dual en tratamiento en las redes de salud mental y drogodependencias. Adicciones.
https://adicciones.es/index.php/adicciones/article/view/59

Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. Manual clínico sobre la dependencia de alcohol. Ministerio de Sanidad, 2025.
https://pnsd.sanidad.gob.es/eu/noticiasEventos/actualidad/2025_Actualidadnoticias/PDF/2025_Manual_clinico_sobre_la_dependencia_de_alcohol.pdf

Fundación “la Caixa”. Eje microbiota-intestino-cerebro. Debates CaixaResearch.
https://caixaresearch.org/es/debates-caixaresearch-eje-microbiota-intestino-cerebro

Rohra-Benítez S, et al. Alcohol-fluoxetine co-treatment drives gut dysbiosis and intestinal barrier disruption with consequences for neuroimmune signaling in male rats. Neuropharmacology. 2026;299:111103. https://doi.org/10.1016/j.neuropharm.2026.111103

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