Una Gota de Dimetilmercurio

Todo por culpa de una gota que traspasó un guante de latex en 1996. La doctora y profesora Karen Wetterhahn, experta química y conocida internacionalmente por sus investigaciones sobre compuestos organometálicos y su efecto en los organismos, se encontraba trabajando en su laboratorio de Dartmouth College, de New Hampshire (EEUU) estudiando los efectos del mercurio sobre las proteínas reparadoras de ADN, utilizando el dimetil mercurio [Hg(CH3)2] como referente toxicológico de su estudio.

Sabía perfectamente lo peligroso que es este compuesto, siendo una auténtica experta en este campo, no se le pasó por alto todas y cada una de las medidas de seguridad. Trabajar dentro de la campana extractora, con cantidades muy pequeñas, guantes y protección para la cara.

Pero cierto tiempo después comenzó a sentir los síntomas de que algo iba mal;  en enero de 1997 fue diagnosticada de envenenamiento por mercurio. En menos de un año, su experimento se cobró un precio que no esperaba, y murió tras un coma profundo por la acción de este peligrosísimo compuesto en su sistema nervioso.

La Doctora Wetterhan, durante sus análisis, describió como recordaba haber derramado una gota de dimetilmercurio en su guante, durante el pipeteo. La gota transfundió en pocos segundos a través del guante y alcanzó la piel, donde fue absorbida y comenzó su proceso de bioacumulación del compuesto.

En general, todos los metales pesados son muy peligrosos para nuestro organismo. Este producto en particular, es especialmente tóxico debido a que evapora muy fácilmente, se absorbe por la piel rapidísimamente y, como se descubrió más tarde, atraviesa el latex, el pvc, el butilo y el neopreno. Una vez dentro del cuerpo, se acumula en nuestro sistema, uniéndose con la cisteína, atravesando entonces la barrera hematoencefálica de nuestro cerebro, protectora de venenos y tóxicos, y afecta a la neurotransmisión, en las conexiones cerebrales.

Los síntomas van desde una ataxia o movimientos descoordinados, problemas de equilibrio, cambios de estado emocionales y mentales, falta de control, hasta el coma y la muerte. Lo peor es que cuando se detectan los síntomas, quiere decir que ya es demasiado tarde para la quelación, o eliminación del metal pesado del cuerpo con otros compuestos que lo “secuestran”. Y esto mismo fue lo que le pasó a la Doctora Wetterhahn.

Cuando entendió que aquella pequeña gota derramada sobre su guante, había conseguido atravesar la protección, ya no podía hacer nada. Su muerte conmocionó al mundo científico, por la refinada ironía que supuso.

Pero no fue eso lo que quedó de Karen Wetterhahn. Las agencias de seguridad pusieron el punto de mira sobre este compuesto y muchos otros, reforzando el criterio de evaluación y mejorando la calidad de las medidas de seguridad con las que contamos ahora, evolucionando muchísimo en cuestión de unos pocos años. El colegio de Dartmouth inauguró un premio en su honor, para honrar el papel de la mujer investigadora, que a veces, parece quedar en segundo plano ante la figura masculina. Pero sobre todo dejó un ejemplo de cómo la ciencia tiene también a sus victimas de la pasión. La pasión por la investigación, por mejorar el mundo. Sus trabajos no pudieron terminarse, pero sirvieron para que otros investigadores no tuvieran que empezar desde cero. Y también para enseñarnos una importante lección, por suerte o por desgracia, a veces una sola gota es suficiente.

 Santiago Campillo

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